sábado 25 de abril de 2009

Death Line de Frederick Carlson

Ahora que la literatura noir sueca (en este caso sólo de origen) parece que está de moda, es un buen momento para lanzarse de cabeza sin coartada arty a por toda la producción del newyorkino Frederick Carlson, uno de los pulmones artificiales que mantienen con vida al venerable género del bourbon y las pistolas. Espeluznante cierre de su trilogía final del inspector Haunt, personaje carismático y complejo a la altura del mediático Walander. Cierre definitivo, por otra parte: aquí no hay vuelta atrás, ni exhumaciones crematísticas; lo asegura Carlson en todas las entrevistas promocionales, y tiene una cara como para llevarle la contraria.
El inspector Haunt aparece muerto en extrañas circunstancias en el primer párrafo de esta negrísima novela, dejando al lector sumido en un estado de confusión y desamparo que ya no nos abandonará en toda la lectura. Sin tiempo para lamentaciones, los tenientes Dickinson y Lamar se encargan de la investigación, que les lleva hasta los antiguos archivos del fallecido inspector en busca de las claves para resolver el crimen. En un ejercicio de arqueología postmorten, Carlson nos retrotrae hasta el primer caso de un joven y todavía optimista sargento Haunt, donde encontramos escalofriantes similitudes con los sucesos recientes, en una virtuosa narración en paralelo que ilumina lugares que hubiésemos deseado, al igual que Dickinson y Lamar, que permanecieran ocultos para siempre. Y todo esto sin descuidar la trama del presente, donde los dos tenientes, herederos naturales de Haunt, luchan solapadamente por el nuevo cargo bacante mientras prosiguen con la investigación. No suele este género estar plagado de hermanitas de la caridad, pero la miseria moral de todos y cada uno de los personajes, protagonistas y comparsas, que pululan por las páginas de Carlson, nos pinta un mundo descorazonador e hiriente por lo verosímil (por no decir real). Difícil nos lo pone para identificarnos con alguno, para sentir empatía por unos seres que son víctimas más de sus debilidades que de las circunstancias. Con una trama abigarrada, compleja y de hermoso dibujo, llena de revelaciones y milagros narrativos, y una prosa más afilada que nunca, concisa como un sumario, las páginas como cuchillas de afeitar se suceden hasta un final catártico y revelador que redondea todo lo expuesto e insinuado. A la altura, ustedes me perdonarán, de la resolución de El Padrino II. Pues sí: palabras mayores.
Más potente es el impacto, si cabe, si uno se ha leído las novelas anteriores de la saga, si uno ha compartido horas y noches en vela siguiendo al inspector Haunt en sus aventuras e investigaciones. Me vienen a la cabeza todos esos ciudadanos anónimos que se sorprenden en los noticiarios de que el vecino del 6º se haya cargado a siete viejecitas y se las haya comido con patatas, cuando “parecía una persona tan normal”. Haunt nunca pareció un tipo normal, pero nada hacía presagiar una trastienda tan oscura. ¿Nada? Bueno, aquí radica una de las genialidades de la obra de Carlson, y es que retrotrayéndonos a las viejas aventuras, en un ejercicio de investigación paralelo al que realizan Dickinson y Lamar, podemos comprobar con asombro que las semillas ya estaban plantadas hace muchos años, sólo que no podíamos o no queríamos verlas, hasta que el árbol ha crecido tanto que ha tapado las ventanas con sus ramas. Que todo estuviese planificado meticulosamente por Carlson desde hace un par de décadas para llegar a este final, que todos los elementos hayan estado coreografiados al milímetro para confluir en este embudo de angustia, sólo puede llenarme de asombro y admiración para un escritor grande como los mas grandes. No se me ocurre que puede hacer este buen hombre después de esto para superarse.
Resaltar la edición de Libro Blanco, prácticamente simultánea a la original, y superior en gramaje del papel y con un prólogo (discretito pero inédito) del propio Carlson. Recomendación personal

martes 21 de abril de 2009

Los Bésicas de Lucácks Gyuri

Oscar Wilde dividía los libros en tres categorías: libros para leer, libros para releer y libros que no se deberían leer, considerando esta última la más importante. Así reflexionaba al respecto: “Decirle a la gente qué debe leer parece, en general, o bien inútil o peligroso, pues apreciar la literatura es una cuestión de temperamento y no de enseñanza.” Esto nos deja a los críticos un margen de maniobra estrecho y triste: la elaboración de un mapa del continente literario dónde debemos marcar los monstruos marinos antes que los oasis. Y aunque, señor Wilde, en las distancias cortas me guste hacerme eco tanto de mis equivocaciones (para que nadie más abunde en ellas) como de mis hallazgos, en el frío mecanismo tipográfico, impreso o electrónico, prefiero decantarme por los segundos, aunque sólo sea para caldear el ambiente.
Todo lo anterior para presentar la última obra de Lucácks Gyuri (Budapest, 1963), uno de los autores que más está dando que hablar en la nueva literatura húngara. Sin embargo, a un servidor sus dos anteriores novelas (La abuela de Maya y Las naranjas) no me habían convencido en absoluto, y si llegué hasta la última página, aprisa y en diagonal, fue por simples motivos de trabajo. Obras derivativas de la prosa de Thomas Brubeck, influencia confesa de Gyuri, me parecían dos variaciones poco imaginativas de Rompiendo corazones, la obra capital del de Birmingham. Dos novelitas descompensadas, arrítmicas, engoladas y falsas, que no me hacían entender a qué venía tanto revuelo con su dichoso autor. ¿Debería haber escrito en su momento, además de sendas reseñas imparciales y asépticas, unas advertencias de “Huir, no acercarse”? Pues quizás, pero el cuerpo me pedía explayarme sobre las obras que me estaban robando horas de sueño, obras en cuyas redes me veía atrapado sin remisión. Obras como la que hoy nos ocupa.
Los Bésicas es la tercera novela de Gyuri, pero tiene trampa: en realidad es la primera que escribió y que no llega hasta ahora a las imprentas, tras la senda abierta por sus dos éxitos precedentes (aunque posteriores). Y es que esta obra no es sencilla de leer, ni de editar ni, estoy seguro, de escribir. Porque son 680 páginas abigarradas y enrevesadas, densas y cargadas de información como las Páginas Amarillas de Singapur. Por qué su lectura resulta tan fascinante es difícil de explicar, pero lo intentaremos: en un inmueble de la vieja Budapest viven, entre otros muchos inquilinos a los que iremos conociendo, tres hombres invisibles, cada uno en su apartamento, sin conocerse entre ellos ni saber de la extraña facultad que cada uno de los otros posee. Pero no son hombres invisibles corrientes ni a tiempo completo: el primero sólo se vuelve invisible cuando duerme, el segundo cuando lee y el tercero cuando grita con todas sus fuerzas; condiciones poco prácticas para la lucha contra el crimen o el voyeurismo, como comprenderán.
No les estoy destripando nada del argumento, pues toda esta información, y mucha más, aparece en la primera página de esta voluminosa obra donde los personajes, los argumentos y las tramas se irán entrelazando con tablas de elementos sospechosos, genealogías proyectadas hacia el futuro, el manual de instrucciones del propio libro en un hilarante ejercicio metalingüístico, lecciones de historia doméstica, cosmogonías de patio, tratados de embalsamamiento y mil historias, mil callejones sin salida que aparecen ante el sobrepasado lector como atractivos desvíos a ninguna parte de la trama principal, si tal cosa existe, conformando un océano inabarcable de alusiones, interpretaciones, conexiones, asociaciones, hechos y relaciones. No existe mente humana que pueda apreender semejante maraña de signos que parecen extenderse sin pausa hasta el infinito.
Reconozco que la lectura de las primeras páginas me sumió bajo el manto de ansiedad y desazón que produce la inaprensibilidad del texto, demasiado tupido para ser desentrañado en una primera lectura. ¿Qué es fundamental y qué superfluo?, nos preguntamos. ¿Qué debo recordar y qué no, puesto que es imposible recordarlo todo? Pero pronto comprendemos que no debemos recordar nada, es decir, que debemos olvidarlo todo: lo esencial de esta obra (¿de todas?) está en el esqueleto, no en lo que lo recubre. Aliviado de esta carga insoportable, el lector vuela ligero, ingrávido, sobre páginas que se convierten de pronto en instantáneas de puro gozo, laberintos en los que perderse con infantil despreocupación. Si uno puede soportar la idea de la desintegración de su propia identidad (de su propia memoria), disfrutará con este viaje como con pocos. Aunque sólo sea para sorprenderse gozoso cada vez que vea reaparecen, una y otra vez, a los tres hombres invisibles.
Una duda final: ¿es ésta ópera prima el canto de cisne del talento de su autor, o son sus novelas posteriores un impass de mediocridad hasta la próxima gran obra? El tiempo lo dirá.

martes 31 de marzo de 2009

Slow Motion Crash: Life and Death of Rotten Banana, de Kenneth Arrow

No sé ustedes, pero a un servidor, de vez en cuando, le gusta que lo desconcierten, que lo sorprendan con obras (de cualquier campo) inaprensibles, únicas. Volver de vez en cuando a los códigos genéricos, a las obras de estructura clásica y asumible, es como volver a casa por vacaciones para comprobar que todo sigue igual, que tus padres tienen las mismas manías y el edificio tiene las mismas humedades. Pero de vez en cuando, insisto, un paseo por una ciudad desconocida resulta estimulante y purgante.
Y el artefacto que hoy nos ocupa es un perfecto ejemplo de visita relámpago sin mapa. Con una estructura que se intuye irrepetible y fractal como un copo de nieve, el texto va cristalizando a partir de breves conversaciones, breves recuerdos del autor/protagonista, Kenny A, y su trouppe. Miembro fundador de los Rotten Banana (aporreaba bidones y latas de gasolina al fondo del escenario), seminal banda punk del East L.A., compañeros de batallas de los Germs, Zeros, Bags, Red Cross y toda esa caterva de adolescentes que se juntaron de cinco en cinco para hacer ruido más o menos modulado, más o menos armónico. Y los Bananas fueron los menos modulados, los más atómicos: herederos del ruidismo pangermánico y de francotiradores solitarios que hacían la guerra por su cuenta (Swell Maps, los Captain Beefheart del Trout Mask Replica, el minimalismo de Terry Riley); unos referentes que huían de las estructuras manidas (¿les suena?) y los sonidos complacientes, y que les permitía a los Bananas disimular, por qué no decirlo, su absoluta falta de pericia instrumental. Destacaba sobre este caos la poderosa voz de Milton Herrera, una especie de Steve Marriott punk y chicano que somatizó el zeitgeist del East L.A. (extrapolable a cualquier barriada multicultural de cualquier metrópoli) en consignas herméticas gritadas con voz desgarrada, y que sirve de hilo conductor a Kenneth Arrow en su viaje de vuelta al pasado.
Todo esto lo decimos de oídas, o mejor dicho, de leídas, pues los Bananas no llegaron a grabar ninguno de sus exabruptos. En una época y unas circunstancias donde la urgencia marcaban la pauta, Rotten Banana fueron los más radicales: ni un mísero single, ni una sola cancioncilla compartida en algún split, ninguna participación en recopilatorio alguno. Seis meses de vida (entre febrero y julio de 1980), un puñado de conciertos mal contados y a otra cosa. Sólo permanece la conmoción que provocaron entre los que los vieron y oyeron, y ahora, este pequeño libro, testimonio de que aquello existió.
¿A quién puede interesar? A los fans de los Rotten Banana, si tal cosa existe, sin duda alguna. También a los interesados en la escena primigenia del punk angelino, rica y prolífica como pocas, heredera sui generis de esa monarquía conocida como California Sound. Sustituido el bienestar por el desasosiego, a estos críos les tocó cambiar los gritos histéricos de las fans por el esputo indiscriminado, los punteos de Rickenbacker por la fanfarria de chatarrería, las armonías vocales por los estertores inarticulados. Finalmente, debería ser lectura obligatoria para los degustadores de literatura rock con la intención de aprobarlo todo en junio: pocas veces me he topado con un texto que se identifique tan profundamente con la música que describe. Efectivamente, este libro es como una larga y caótica jam. Lejos del anecdotario, y mucho más que la simple recreación romántica de una época, el texto de Arrow (profesor de lingüística en la UNWC) es una compleja maraña de estilo conciso y repetitivo (pienso en Thomas Bernhard) que va creciendo en el interior del lector como un cáncer maligno. Como fuegos artificiales a cámara lenta, este cristal de hielo se derrite lenta e inexorablemente ante nuestros ojos, mostrando una belleza única e irrepetible. Seis meses mágicos en la vida de cinco muchachos empeñados en destruir el mundo con sus instrumentos para construir sobre sus ruinas uno más hermoso y justo.

martes 16 de diciembre de 2008

Carcelarias de Inés Valdano


Empecemos con una confesión: las películas de presas, de mujeres encarceladas, es una de mis pasiones culpables. Con un trimestre cursado de primero de psicología se me dejaría en evidencia, lo sé, pero la convicción de que algo funciona mal en mi cabeza no frena mi pulsión por atesorar una absurda colección de filmes de reclusas y de estudios sobre la materia. Hasta ahora mi biblia personal era el Prison Sex de Howard Lemark, más por falta de competencia que por méritos propios. El libro tiene un par de handicaps (a parte de estar editado en 1991, con lo que toda la filmografía posterior escapa a sus dominios); a saber: estar escrito en inglés, idioma cuyas sutilezas se me escapan (por edad me tocó el francés y los Chiripitiflauticos), y restringir su radio de acción al cine erótico y blandiporno (uno de los subgéneros más interesantes, sin duda, pero no el único).
Por eso un servidor, y seguro que algún que otro individuo más, recibimos con los brazos abiertos y llenos de alborozo este maravilloso volumen que nace para rellenar este imperdonable hueco cultural. Exhaustivo como una tesis doctoral y ameno como una charla de bar entre amigos, esta maravilla en forma de libro es desde ya el rasero por el que se medirán aproximaciones posteriores al asunto. ¡Y está escrito por una compatriota!
Entrando en materia, el libro se divide en tres bloques, más una introducción de Mercedes Llul, directora de la Penitenciaría de Valldemoll (Girona), que nos pinta un fresco tirando a destrempante de la situación real hispana. Desmitificador y muy esclarecedor. La primera parte es un estudio detallado del subgénero del jabón en el que se analizan y desmenuzan, desde una perspectiva historiográfica y con ejemplos ilustrativos, todos los tópicos y lugares comunes. Ya sabéis: guardas con mala hostia, alcaide sádico, protagonistas encerradas por error, reclusas que pueden-conseguir-cualquier-cosa-a-cambio-de, pelea en las duchas, camisetas rasgadas, cuchillo casero, violación lésbica, etc, etc. Muy instructivo.
El segundo macrocapítulo, el más interesante para un servidor (ejem), lleva por título Entre Rajas y, como ustedes imaginarán, se centra en la parte más húmeda y clasificada S. Profusamente ilustrado y escrito con mucho humor e inteligencia, lejos de estúpidos maniqueísmos o demagogias que no vendrían a cuento, suponen 60 páginas de absoluta alegría.
El tercer apartado se centra en el aspecto social, en las películas más serias y de denuncia. No se asusten, que aunque huela a tostón no van por ahí los tiros y se lee de un ídem. Actualizado al máximo (incluyen referencias a las aún calentitas Carcelarias y el Patio de mi cárcel) resulta un perfecto broche de oro a este magnífico estudio.
Inés Valdano, joven, inteligentísima y (por la foto de la solapa) condenadamente guapa, lo tiene todo para convertirse en ídolo de masas, salvo su empeño en dedicarse a una actividad tan demodé como escribir sobre papel. Tras este libro que nos ocupa ya tiene en preparación una recopilación de relatos (a publicar por Hijalde Ediciones), a parte de colaborar semanalmente con una columna sobre cultura popular en el Diario del Norte, edición Madrid. No olviden su nombre.

martes 28 de octubre de 2008

La cirugía es tétrica de Marcelino Pons.

El padre de la criatura: Marcelino Pons (Badalona, 1971), emigrado a México D.F. a la edad seis años, por motivos de trabajo de su padre, diplomático. Inmerso desde la adolescencia en las corrientes contraculturales (o algo así) de la capital mariachi, forma parte del staff del semanario La Chinche y del grupo teatral Shakespeare’s Groupies. Se decanta pronto por la palabra impresa en detrimento de la acción performática más o menos gamberra. Mientras se doctora en antropología no deja de escribir y publicar relatos, ensayos y pequeñas novelas en lo más granado de las editoriales independientes de la patria de Zapata. Muy recomendable Vida y muerte de Vicente el escribano, una hagiografía imaginaria inspirada en su mentor (y amante, dicen las malas lenguas) Juan Vicente Flores; o la mayestática compilación de textos breves Tractatus en si bemol, un apabullante despliegue matemático-narrativo que lo sitúa entre lo más destacado de su generación.

La madre de la criatura: el editor Rodolfo Lapido, dueño, director y motor de Publicaciones Zisma, decide crear la línea editorial Páramo, centrada en la literatura de género fantástico (en un amplio sentido), tratada desde puntos de vista sesgados, arriesgados y originales: se le encarga, exprofeso, a varios autores alejados del género sendas obras, sendas aproximaciones que, obviamente, resultan variopintas e irregulares, pero apreciables y oxigenadoras cuando menos. Tres son las referencias hasta el momento de la subsidiaria rebelde way: el giallo metafísico El alma de la Plomada, de Baltasar Chico, con un prometedor punto de arranque pero un poco flojo en su resolución; la space opera gore La madre del potro, del showman y enfant terrible Walter Lugo (descacharrante el prólogo de Guillermo del Toro), una pequeña maravilla de humor negro y vísceras rojas. Pero es en su tercera referencia, la que nos ocupa, con la que obtienen su primera obra realmente notable: no se trata ya de una revisión irónica de un subgénero, ni de un fruto coyuntural; es una obra que se autosustenta sin dificultad, que respira por si misma y mira a los ojos del lector sin pestañear.

J. Popcorn, el protagonista de esta novelita, se despierta tras un sueño de dos días y medio, fruto de una sobredosis de Mandrax, en una pensión de Graciosa Beach, Baja California. Leyendo los titulares del periódico local, dos noticias llaman poderosamente su atención: ese día (6 de octubre de 1966) se prohíbe el consumo de LSD en los Estados Unidos, mientras un asesino en serie está sembrando el pánico en la zona: han aparecido los cadáveres de cinco mujeres desangradas. La sexta se la encuentra J. maniatada y destripada en la bañera. Pero eso no es lo más aterrador que J. descubre en el aseo: mirándose al espejo descubre horrorizado que, de alguna forma, alguien le ha arrancado la cara.

Se inicia así un viaje desenfrenado e impredecible hacia el corazón de la noche, en el que seguimos al pobre(?) J. en la búsqueda de su rostro perdido, en la que se cruza con policías fronterizos corruptos, vampiros adictos a la “comida rápida” (literalmente), asesinos en serie con un mongólico sentido del humor, telepredicadores traficantes de L.S.D., rock stars venidas a menos y dependientas de Seven Eleven con más trastienda de lo que aparentan. El reverso oscuro y esquizoide del After Hours de Scorsese, o un Like a Velvet Globe Cast in Iron menos surreal, menos lynchiano. La mejor definición la esgrime Gregorio Salas en el prólogo: “Negro como el carbón del infierno”.

Si todo comienza como una serie-B asumible, previsible en su perfecto dominio y manejo de los códigos genéricos, pronto la criatura muta hacia derroteros vírgenes, haciéndose un hueco en nuestras entrañas como un bisturí mellado y oxidado. Dañino y jodido. Cosa seria, amigos.

El estilo de Pons se ajusta como un traje de látex al cuerpo de la historia; vivisecciona cada secuencia con párrafos breves y letales como ráfagas de Uzi. Con una ajustada adjetivación, con una tercera persona en presente perpetuo, narra a base de polaroids más que en rimbombante cinemaescope. Increíble que este señor no se dedique al horror literario, porque esta referencia no tiene nada que envidiar a cualquier obra que pueda recordar de Ramsey Campbell, Clive Barker o Gramham Troy. Lo más espeluznante que me he llevado a la cama desde el Zombie de Joyce Carol Oates.



jueves 16 de octubre de 2008

Again de Walter J. Esher

Esher era la oveja más negra de ese rebaño de ovejas negras que es la revista satírica American Rampage!, del gran Hume Marshall (desde hace unos años sólo editor honorífico, tras la venta del mensual al gigante GPH Press). Hombre de la casa antes de ser siquiera hombre, Esher comenzó como chico de los recados de Rampage con 14 primaveras, pero pronto le dejaron encargarse de contestar el correo de los lectores allá por los lejanos años 80, bajo el pseudónimo de Fox Foxley: contestaciones descacharrantes que bien merecerían una recopilación con las ilustraciones del propio Esher que iluminaban los correos originales. Demostrando que no hay oportunidades pequeñas, sino talentos pequeños, Esher transformó una página anodina y de puro trámite en una de las favoritas de los lectores. Marshall, que no tiene un pelo de tonto, comenzó a encargarle reportajes y relatos, y Esher no desperdició este nuevo reto, desplegando un alubión de ideas descabelladas, pseudónimos recurrentes y ocurrencias delirantes, convirtiéndose en uno de los puntales de la publicación hasta su prematura muerte en 2004 (en accidente de coche, con sólo 40 años). Una verdadera lástima, ya que su arte narrativo apenas estaba empezando a despuntar, inmerso en una continua evolución que nunca sabremos a dónde podría haberle llevado.
El precioso volumen que nos ocupa recopila sus tres textos mayores (en extensión, en calidad siempre fue muy homogéneo), a medio camino entre la novela corta y el relato largo, entre las 46 páginas del texto titular y las 67 de Killer Sand, el único no inédito (prepublicado por capítulos en Rampage). De forma breve diremos que Gauguin trata sobre un tipo que, bajo hipnosis, descubre que fue Paul Gauguin en una vida anterior, y a partir de ese momento se dedica a dar conferencias sobre el mítico pintor y a asistir como invitado a infectos programas de televisión a los que le invitan sólo para reírse de él. Hasta que sucede algo que dejará a todos con pocas ganas de seguir cachondeándose. Ciniquísima crítica a los mass media, a ese ente llamado “mundo del arte” y, de paso, a la cocina francesa, que se lee del tirón y que satisface las papilas gustativas de todo lector masoquista; a saber: deja un regusto amargo pero con ganas de repetir. En un estilo un poco atropellado, como si Esher quisiera plasmar el mayor número de ideas en el menor tiempo posible, da la sensación de apunte elaborado más que de obra terminada.
Mejor todavía es Killer Sand: una ex-agente del mossad aparece muerta en su cocina en extrañas circunstancias. No me pregunten cómo, pero el arma del delito son nanorobots asesinos ocultos entre la arena del gato. Cuando la información transciende a los medios cunde el pánico general, lo que da pie a Esher a pintar un fresco histórico, de protagonismo colectivo, en el que no queda títere con cabeza: desde el Ministerio de Defensa hasta los servicios de mensajería, desde el Arzobispo de Nueva Inglaterra hasta el Sindicato de Veterinarios de América. Escrito con un estilo barroco, detallista y afilado, supone una de las más preclaras visiones sobre la paranoia Norteamérica de finales del XX junto a, quizás, Ruido de fondo de Don DeLillo.
Pero la joya de la corono es, sin duda, Again, una road movie mental, tristemente premonitoria: Arthur atropella a un anciano, dejándolo en coma. En el hospital donde el anciano es internado, conoce al hijo de éste, Giles, del que se enamora perdidamente. Arthur, que nunca se había sentido atraído por un hombre, tiene que replantearse toda su vida (está casado y tiene una hija) y repasar todos sus recuerdos en busca de alguna señal, de algún indicio. Esta pequeña obra maestra, desgarradora y humorística al mismo tiempo, deja sin aliento desde el primer párrafo, te atrapa en un texto continuo y sin pausa, sin vuelta atrás, como el hilo de pensamiento del protagonista. A parte de terminar con uno de los finales más redondos, más escalofriantes, más hondos que un servidor recuerda. Extraordinario.
La edición de Next Island Publishing es, además de una obra de arte en sí misma, la única oportunidad de hacerse con un fragmento más o menos perenne de la obra de este gran desconocido que es Walter J. Esher. El prólogo de Chloe Hooper, iluminador; el epílogo de Hume Marshall, desgarrador. Si su inglés es aceptable, no lo dude, pues difícilmente se traducirá al español. Un consejo de amigo.

domingo 31 de agosto de 2008

Philias de Gerald Porter

El norteamericano Gerald Porter (Frankfort, Kentucky, 1968) ya nos había sorprendido y cautivado a unos cuantos con algunas de sus obras anteriores, como Arlington’s Monks o King Mob en el país de los socuellaminos (publicado en castellano por Cynara), que le habían valido calificativos como el de “Jonathan Swift del extrarradio” o “Joel Brewell ahogado en ponche”. Pero con esta su quinta obra (si no llevamos mal la cuenta, contando la recopilación de relatos Grettings from the Hills), Porter deja atrás todo referente más o menos obvio, y nos entrega su obra más completa, madura y ambiciosa: ni más ni menos que 1200 páginas en las que disecciona veinte años de un barrio de la ciudad californiana de Los Gatos (desde que Ronald Reagan es elegido gobernador de California en 1966, hasta que es reelegido presidente en el orwelliano 1984). En este extraordinario, complejo, detallado hasta la extenuación fresco, se dan cita pederastas orgullosos, empleados de correos que oyen a través de las manos, adictos al sexo organizado, carreras clandestinas de triciclos, cerrajeros ludópatas, skaters preadolescentes filonazis, locutores deportivos con incontinencia, astrónomos aficionados y un largo etcétera de personajes que se entrecruzan en sus quehaceres diarios formando un entramado casi vegetal. Con un estilo sencillo e impresionista, alejado de los fuegos artificiales y de los despliegues gramaticales innecesarios, Porter cala hondo en el lector (o al menos en este lector), con esta historia en cinemascope y technicolor que desarma desde el primer párrafo. De un virtuosismo y una generosidad densos como la niebla, la obra de Porter bebe del melodrama clásico, que viola suave y delicadamente, rompiendo todas las reglas con una elegancia y una gracia como para quitarse el sombrero. De los hippies a los yuppies en un plano secuencia de mil páginas, este ladrillo supone un imprevisible manual de las contradicciones de la mente humana y de su lucha contra el cuerpo, y es desde el momento de su publicación una de las grandes novelas americanas de los últimos años.
Valiente y arriesgada la edición en formato lujoso de la editorial vallisoletana Cynara, que apuesta fuerte por la obra de Porter y nos ofrece esta nueva referencia con un precio más que ajustado para los tiempos que corren.